Cuentos De Kianny N Antigua

 

 

EL PEZ DE RAMÓN

9 IRIS Y OTROS MALDITOS CUENTOS (Editora Nacional 2010)

Lo vi por primera vez en una visita que le hice a su mamá. Ramón me tomó del brazo, me llevó a su cuarto y, con gran entusiasmo, me paró frente a su gran pecera.

—¡Es un Arapaima y crece hasta más de cinco metros! —me dijo. Yo no le vi nada de especial. No era como los demás peces de colores que tenía en pequeñas peceras por toda la habitación. Me pareció un pez sin gracia alguna: gris, largo y bocón. Pero, contagiada por su algarabía, saqué mi celular y calculé cuántos son cinco metros en pies.

—¡Dieciséis pies! Son como tres personas de mi tamaño —le dije con voz alarmada. El rio y continuó su presentación:

—Es el pez de agua dulce más grande que existe, vive en el Amazona y puede respirar como los seres humanos. ¡Es un pez prehistórico! —me explicó.
Yo, con los ojos de luna e impresionada hasta los tuétanos, le hice todas las preguntas que en el momento me vinieron a mi mente: ¿Cómo lo conseguiste? ¿Cuánto te costó? ¿Es legal? ¿Qué come? ¿A cuántos se come? ¿Cuántas veces al día? ¿Qué edad tiene? ¿Qué va a pasar cuando crezca?…
—Lo compré por ciento cincuenta dólares ―me respondió, ufano―. Creo que no es ilegal tenerlo de mascota. Come hasta veinticinco peces al día, que cuestan unos cinco dólares. Debe tener cerca de dos meses. Voy a comprar una pecera más grande, o tal vez decida venderlo. En dos años y dependiendo del tamaño, puede llegar a valer hasta dos mil dólares.

En ese momento su mamá entró a la habitación y lo interrumpió para añadir que cinco dólares diarios por dos años era más dinero perdido de lo que él pensaba ganarle a ese animal; sin tomar en cuenta que conforme el pez fuera creciendo, comería más. Ramón no se volteó a mirarla. Ella me llamó y me dio el recado que debía llevarle a mi abuela. Iba de salida cuando Ramón, casi gritando, me dijo que su Arapaima podía llegar a pesar hasta trescientos kilos.

Sonreí y le dije adiós. Luego, mientras bajaba las escaleras, me detuve a calcular cuánto son trescientos kilos en libras. “¡Pero ese animal se come una persona entera y se queda con hambre!”, pensé. Me alarmé.

Unos meses después, en el autobús, me encontré con Ramón. Me lo topé de frente y no lo reconocí. Si no hubiera sido porque él me saludó y me recordó su nombre, hubiese seguido pensando que era un tecato cualquiera. Tenía abundante barba y se veía muy consumido y descuidado. Sin embargo, se notaba tranquilo. Me dijo que ya le había comprado una pecera de mayor tamaño a su Arapaima. Traté de imaginarme cuán grande podía ser. La pecera anterior ya era bastante grande. Le pregunté si aún tenía sus otros peces pero ya no le dio tiempo a responderme y, si lo hizo, no lo escuché.

Ya en casa, le comenté a mi abuela lo desaliñado y estrafalario que había encontrado a Ramón, y ella me dijo que era, quizás, porque su mamá estaba muy enferma. La señora llevaba semanas sin poder caminar por una afección en la espalda;

—Ramón tiene hasta que bañarla —comentó.
           

Me sentí tan mal que decidí visitarlos y darles la mano en lo que pudiera. Solo podía imaginarme lo difícil que debía ser para él llevar el control de su casa. A pesar de que somos de la misma edad, Ramón no es muy astuto. Su mamá parece su abuela y siempre lo anda mangoneando. Nunca ha trabajado y nunca le he conocido una novia, ni he escuchado rumores de un novio. No sé, es raro el pobrecito de Ramón. De todos modos era… qué sé yo, mi amigo, y no podía dejarlo solo en estas circunstancias. Hice planes para ir a su casa en mi próximo día libre.

Al llegar, encontré su casa hecha una pocilga acuática. ¡Qué asco! En la sala y el comedor ya no cabían las peceras; sobre la mesa había siete, cada una con un día de la semana escrito en el cristal, llenas hasta la madre de peces cada uno de un color diferente. Ramón leyó en mis ojos el asombro y me dijo que le gustaba variarle el postre a su Arapaima.

Entré al cuarto de su mamá y traté de organizárselo lo mejor posible. La señora lucía tan demacrada como su hijo. Le prometí que volvería y salí rápidamente de allí. Al ver que me dirigía a la puerta, Ramón me agarró por los hombros y me guio hasta su cuarto.

—No puedes irte sin verlo —dijo sonriendo.

¡Oh no! La pecera era gigantesca. Casi salgo corriendo del espanto. El pez estaba más grande que yo. ¡Qué horror! Me dio la impresión de que me tragaría. Quise huir. Ramón me detuvo y me prometió que no me haría daño. Entonces ganó mi curiosidad. Asomé la cabeza para echarle un vistazo al resto de la habitación; había cambiado su cama king por un colchón inflable y todas sus cosas: ropa, televisor, antigua pecera grande…, estaban arrinconadas a un lado del cuarto. Luego de unos segundos, la sensación de que esa cosa me estaba mirando fue mayor que mi intriga. Salí de allí sin intenciones de regresar.

—¿Supiste? —comentó mi abuela unos meses después―. Se murió doña Marina.

—¿Qué doña Marina?

—Mary, la mamá de tu amigo Ramón. Falleció la semana pasada y le están haciendo los nueve días.

Al oír la noticia, creo que me alegré por la señora y le pedí a Dios que le diera descanso a su alma. Esa noche y por tres noches más mi abuela, yo y otras tres mujeres del barrio nos reunimos, como pudimos, en casa de Ramón. Las peceras seguían en su lugar, dispuestas por todos lados, y aunque lo recomendamos, él no quiso que nadie le ayudara a recoger y mucho menos que guardáramos nada en el cuarto de la difunta.

—Lo estoy renovando —se limitó a decir.

Bajo su silencio se vislumbraba una profunda tristeza. Me quedé sentada a su lado todo el tiempo, pero solo la última noche me dirigió la palabra.
—Si lo vieras ahora —me susurró―, no lo creerías ―lo miré confusa y continuó―: Está más grande de lo que pensábamos. Estoy derrumbando la pared que divide el cuarto de mamá del mío para que tenga más espacio.

—Estás loco —le dije—. Vende ese animal y sal de este basurero.

Entonces Ramón me miró fijamente y su tristeza fue todavía más profunda.

—Pensé que tú me entendías.

—¿Entender qué, Ramón? Tu mamá se acaba de morir; tú no tienes trabajo, ¿cómo vas a conseguir dinero? ¿Cómo vas a vivir? ¿Cómo vas a mantener a ese monstruo que tienes en la habitación?

—¡Sal de mi casa! ¡Váyanse todos de mi casa!

Ramón comenzó a gritar y a golpear a todo el que se le acercaba. Ya fuera de su vista, algunas dijeron que la reacción del pobre Ramón era normal; otras, que se había vuelto loco de tristeza y soledad, pero todas me culparon por indiscreta y mala amiga.

Me sentí tan mal que deseé que su Arapaima me tragara. Me lo merecía. Todos tenían razón. ¿Quién era yo para juzgar a Ramón? ¿Quién era yo para decirle cómo vivir? Ni siquiera era su amiga. Ni siquiera supe entenderlo ni consolarlo.

Mi abuela se dio cuenta de lo triste que me había puesto y me aconsejó que le diera algunos días a Ramón para que se calmara y que luego fuera a pedirle perdón. Le dije que eso haría, pero la conciencia no me dejaba ni ser, ni estar.

Al siguiente día fui a su casa pero él no estaba. Lo llamé; lo esperé por algunos minutos y nada. El próximo día, igual. Pegaba el oído a la puerta y en ocasiones juraría haber oído un ruido adentro; luego pensaba que era su Arapaima nadando en su cuarto o devorando algún pez. La imagen me aturdía. Volví a mi casa. Pasaron dos semanas hasta que ya no pude más y comencé a tocar todas las puertas de los apartamentos del edificio buscando respuesta. Preguntaba si alguien lo había visto o sentido. Su teléfono ya no sonaba. La única información que recibí fue de la vecina del apartamento dos pisos debajo del suyo (el de abajo estaba vacío). Ella se quejaba de las goteras que desde hacía unos días no cesaban de caer, al principio en su habitación y luego en el resto del apartamento. Según ella, le había dado la queja al conserje del edificio pero este se hacía de la vista gorda. Me alarmé aún más y, desde su casa, llamamos a la policía.

Cuando llegaron, le dije al agente que yo era novia de Ramón, que nos habíamos peleado y que no sabía nada de él desde hacía dos semanas. El conserje, finalmente, tomó cartas en el asunto y, gracias a él, entramos al apartamento.

Al instante, la náusea nos asaltó. El conserje no aguantó el olor a cadáver. Antes de que los policías pudieran impedírmelo, corrí a la habitación de Ramón pero no pude abrir la puerta. Se hallaba clausurada con tablas y clavos. Entonces traté de abrir la puerta de la habitación de su madre y fue igual. O peor, porque además de las tablas, Ramón la había asegurado con una mesita y un par de sillas escalonadas. Mientras tanto, los uniformados observaban, con aberración, las peceras llenas de agua sucia y peces muertos; en la cocina, esqueletos de espinas atiborradas de moscas. Más peceras, más sangre, más repugnancia, más hedor y putrefacción.

De repente, la preocupación, la náusea y la culpa se apoderaron de mi vientre y vomité todo lo que llevaba dentro. Me tiré al piso de rodillas y sentí la alfombra mojada, mugrienta.

Entonces me levanté y me dirigí hasta el armario para buscar con qué limpiarme. Cuando lo abrí, mi primer instinto fue gritar, pero no pude. Me quedé muda de los pies al firmamento. Solo pude verlo. ¡Verlos! Ellos también me miraban. Ramón, sin reproche, sin amor, sin entusiasmo; su pez, sin agresión, sin miedo. Ramón se encontraba metido en una pecera. Aunque cabía perfectamente en aquel cubo de vidrio, tenía las piernas dobladas, rodeadas por los brazos. Su pecera estaba sucia, sin agua (como la había visto aquel día en su cuarto) y de alguna forma la había añadido a la otra pecera, a la gigantesca, a la pecera de su Arapaima, la que ahora ocupaba ambas habitaciones; ahora era ambos cuartos. Ramón estaba allí mirándome, de espaldas a su pez. El pez de Ramón también me miraba.

 

*

 

 

EL DESYERBE

(Mención de Honor, Premio de Cuento Juan Bosch, FUNGLODE, 2010)

Hace tres meses salí con un grupo de amigas a tomarme unos tragos. La conversación, regida por el alcohol, nos paseó por distintos temas: esta ciudad que come almas y envejece rostros, el trabajo, la familia, el esposo, el novio, el tamaño del pene del amante, las posiciones sexuales, qué tanto dura uno o el otro y qué tanto le gusta a una o a la otra; también hablamos de cuernos, de a quién nos gustaría tirarnos y de pelos. Enfatizo este último tema pues de alguna forma este relato está inspirado en eso: los pelos o la falta de ellos.

La mayoría de mis amigas insiste en lo higiénico, delicado y jovial que se ve una vulva sin pelos. A excepción de mi amiga Sarah, que se rehúsa terminantemente en dejársela calva, y yo, que del asunto no sabía mucho, todas confesaron que o se afeitan o se depilan. Al parecer, a los hombres de ahora les gustan los cerros desyerbados.

Con esa idea me fui a casa y por días no dejó de rondarme la tentación de un cambio. A mis cuarenta y tres años, he comenzado a echarle la culpa a muchas cosas por mi soledad y, por qué no, al monte sin podar que llevaba entre las piernas.

Decidida, unos días después llamé a mi amiga Jenny para que me diera el teléfono de la muchacha que con tanto afán ella recomendaba. Con lo torpe que soy, ni siquiera consideré la posibilidad de afeitarme. Me dio miedo (además, no creo que la afeitadora hubiera aguantado).

Lista, positiva y con ganas de levantarme el ánimo y al tipo que me había invitado a salir, me reuní con Miguelina en su spa. Luego de esperar unos minutos, ante mí apareció una mujercita delgada, de sonrisa coqueta y mirada maliciosa. Me condujo hacia un cuarto donde apenas cabían una cama, una mesita atiborrada de artefactos, un espejo, ella y yo.

—¿Qué te vas a hacer? –me preguntó, y yo, después de aclararme la garganta, le dije que algo que no me había hecho nunca.

Brazilian Wax! –replicó sin chistar y yo respondí que sí con un avergonzado gesto de la cabeza–. Quítate toda la ropa –ordenó–, engánchala en esa percha y ponte esta toalla por encima. Yo vuelvo enseguida –dijo, antes de salir de la diminuta habitación.

Ya desnuda, me acosté en la camilla, que se dejaba arropar con un papel blanco y ruidoso. Traté de cubrirme las partes más notorias con la tosca toallita, la cual había sufrido muchas lavadas y no era lo suficientemente grande para dicha tarea, así que me tapé de la cintura hasta la mitad de los muslos y me cubrí los senos con la blusa.

La mujercita regresó y me miró de reojo con aire satisfecho. Mientras se ponía unos guantes plásticos (acto que me recordó una película de terror), me advirtió: «Si es la primera vez, te va a doler». Y sin dejarme decir palabra, continuó diciendo que no me preocupara, que eso iba a ser solo esta vez. «Ya luego ni lo sientes. Además, vas a ver lo finito que te comienza a salir el vello después de un par de depilaciones más. Va a llegar a un punto en que hasta te deje de salir pelo», aseguró.

Miguelina, entonces, revolvió un poco los utensilios que se confundían en la mesita y, como quien recoge algo que se ha caído al suelo, removió la toalla que me cubría y en su cara se vislumbró una sonrisita pícara. Maliciosa. Yo me senté de golpe pero ella, con sus pequeñas manos, sujetándome los hombros, me recostó otra vez y me prometió que todo iba a salir bien.

―Tú no pareces cobarde. ¿Eres muy llorona? –preguntó.

Aún con los ojos azorados, le dije que llorona no, pero gritona sí. Me pidió que abriera un poco una pierna y con sus manitas peinó el pelaje enmarañado que cubría mi sexo. Con un palito de madera, movió la cera que reposaba en un cubito sobre la mesita. La sopló un poco con la boca y, con una mano sobre mi monte, embarró la cera tibia entre muslo y vulva. Luego me pegó un cuadrito de tela blanca y entre conversaciones insípidas y miradas de suspenso, Miguelina haló la tela y con ella desprendió un paquete de pelo. Solté un grito que brotó de mi estómago sin contar conmigo.

Al instante, Miguelina comenzó a darme palmaditas en el área afectada y se acercó para soplarme con una ternura estremecedora. El dolor, a pesar del cariñito, fue descomunal. Yo no he parido, pero me fajaría con cualquier mujer que me dijera que esos jalones no duelen tanto o más que un parto.

Miguelina repitió su maniobra unas tres veces. En un instante en que sentí asfixia, me senté y entre gemidos le dije:

—¡Caramba, dame por lo menos un vaso de agua!

Ella volvió casi enseguida con un vasito plástico rebosado de agua. En su ausencia, usé la toallita para secarme el sudor frío que me chorreaba por la frente y por debajo de los senos. También aproveché el minuto a solas para cerciorarme de que la mujer, la cera, el cuadrito de tela y los jalones no me hubieran arrancado un pedazo de labio.

Después de tomarme el agua, le confirmé con la vista a Miguelina que estaba lista y ella, con su típica sonrisa malvada, me preguntó si yo iba a seguir gritando. Yo, medio enojada, le respondí que sí. Ella rio y me dijo que no me apurara, que en la frente dolía más que en el resto del monte, y añadió que yo me había estado portando muy valientemente. Comenzó entonces a contarme la historia de otra chica que simplemente no aguantó la agonía y se fue con medio pajón desyerbado.

Después de acabar con las zonas aledañas, la mujercita me mandó, a la franca, a que me agarrara el clítoris y que lo echara para el lado izquierdo. Habiendo obedecido, ella repitió el ejercicio del palito con la cera y la tela, y ¡zas! Yo repetí el grito y la incertidumbre me volvió a invadir. «Ay Dios, ¿y si esta mujer me desprende una bemba?», pensé. Palmadita, sopladita, sudor, comprensión. Miguelina se me acercaba tanto y con tanta ternura que llegué a sentirme más que su clienta, su amiga.

Cuando mi Migue terminó, o por lo menos eso pensaba yo, cogió unas pinzas y, pelo a pelo, comenzó a desenterrar las dudas. Yo, con miedo de mirar para abajo, palpé donde una vez hubo pelo y encontré una superficie sedosa. La suavidad me transportó a mis años de niña, cuando mi sexo era aún una sabana virgen.

—Diablo, lo que uno hace por un hombre –dije entre suspiros.

Migue me preguntó si yo era casada y le dije que no, pero que tenía una cita con un galanazo que me traía loca y que no quería que, como tantos, se fuera decepcionado.

—No te apures, negra, que cuando tú salgas de aquí, con ese nuevo look, va a haber que despegarte a los machos de encima.

Migue me echó un poco de talco y me frotó con una confianza que aún me sorprende. No habiendo sido suficiente, me dio una palmadita en el muslo y me dijo: «voltéate».

—¿Que me qué?

—Que te voltees, que falta la parte de atrás.

Para mi placer y culminación de pesares, Migue me ordenó, del mismo modo que lo hiciera con el clítoris, que me agarrara un cachete de nalga. Agarré el derecho y levanté un poquito las caderas para facilitar así su trabajo. Procedió después a pasar el palito caliente de esquina a esquina, vertical, y luego desprendió la telita. «Ese fue el verso que salvó el poema», pensé. A diferencia de lo que había estado pasando por los últimos veinte minutos, este último jalón tuvo su encanto. Migue removió un pelito por allí y otro por el otro lado, puso polvo, acarició y me anunció que lo peor había pasado. Seguido, me depiló las piernas y las axilas y, efectivamente, nada jamás se pudo comparar con lo primero.

Cuando hubo acabado, me auguró suerte en mi cita y salió para que yo me vistiera. Inhalé y exhalé en algunas oportunidades y me vestí, no sin antes palpar la suavidad y la vigencia de mi recién descubierta parte.

Salí, le pagué a la recepcionista y le di una propina sustanciosa a mi querida Migue. Prometí regresar en tres semanas para repetir el suplicio y, de ese modo, no dar cabida a otra cosecha innecesaria de pelos.

Todo el camino a casa me concentré en sentir cómo el panty rozaba mis labios, y aunque dicha sensación era completamente nueva, la sentí tan mía como lo son mis ojos y mi lengua.

Al día siguiente me reuní con el sujeto, quien, después de una cena opulenta y una suma cuantiosa de copas de vino, me guio hacia una habitación de motel barato. Allí, la ropa cobró vida propia y se alejó de los cuerpos.

En pocos minutos, el hombre me tenía tendida en la cama y, después de besar un rato mi boca, manosear un poco mis tetas y babosearme el ombligo, metió su cabeza en mi entrepierna y en segundos solo pude ver su frente, su nariz y sus manos peleando con mis gruesos muslos. Luego subió y me penetró con suavidad. El pobre hombre no tardó en deshacerse. «Me sacaste el alma», me dijo, y poco después miró decepcionado mi sexo.

―¿Pasa algo? –le pregunté, desconcertada.

―Lo tienes muy bonito –confesó un tanto timorato–. Pero yo los prefiero peludos.

*

 

LA ÚLTIMA PARADA

EL TRAGALUZ DEL SÓTANO (Artepoética Press 2014)

Sentado en el autobús junto a la ventanilla, el hombre puso el libro a un lado y vio cómo una mujer saltaba al abismo desde el puente que los sostenía. La había observado poner en el suelo el gran bolso de bandolera que cargaba, quitarse los tacones con cierta premura y trepar las barandillas, alguna vez creadas para proteger a los peatones. Con las manos abiertas, sin titubear saltó y cayó de cabeza en las oscuras aguas. A ambos lados, entre los cables de suspensión, se veía el ancho cinturón del río estrechándose hacia el horizonte montañoso.

Casi enseguida, a unos cuantos metros de los zapatos de la mujer, el autobús se detuvo y dejó salir a algunos pasajeros: una pareja de jovencitos tatuados hasta las uñas, un señor moreno, fornido y de cara triste, un grupo de asiáticos taciturnos y, tras ellos, una anciana fina y de ademanes lentos que se sostuvo de cada uno de los espaldares de los sillones que marcaban el camino a la salida. De afuera entraba un olor a cloroformo, a ataúd.

El conductor miró por el retrovisor. Al ver el autobús casi vacío, tomó el altavoz y le recordó a los pasajeros que permanecían sentados que la siguiente sería la última parada. Cerró la puerta y, mientras esperaba a que la carretera se descongestionara, clavó la vista en el señor fornido que ahora ayudaba a la viejecilla a escalar las barandas del puente. Viendo que la señora no tenía la agilidad necesaria, el moreno la cargó y la lanzó al aire. Tras ella, se tiró él.

El autobús comenzó a moverse y tanto el chofer como el hombre del libro miraban el panorama que les daba la bienvenida.

El hombre, de unos treinta años, mestizo, de contextura media y ojos azules, retomó su lectura, o por lo menos lo intentó. Algo mayor lo inquietaba. Lo que iba a suceder ya había sucedido y él lo sabía, todos lo sabían, ese no era el problema. Miró a su alrededor y en el autobús sólo quedaba el chofer, él y una joven que iba sentada al fondo y a quien, desde su posición, sólo podía verle el pelo alborotado.

No era que quisiera huir, ¿huirle a qué? ¿Huir adónde? Al contrario, dedujo que lo que quería era llegar. Cerró los ojos y de ese modo esperó hasta que el conductor detuviera el autobús.

—Hemos llegado —gritó el chofer, guiado por la costumbre. Abrió la puerta y por unos segundos se quedó viendo la llave. Dejó el motor prendido y salió de allí sin detenerse a mirar a nadie.

La muchacha ya venía cerca del hombre del libro cuando éste abrió los ojos. Ella traía un vestido verde raído y unas botas de vaquero muy grandes para su talla. En su cara, el hombre observó la primera sonrisa que había visto hacía tiempo.

Confundido, incluso hechizado, le tomó la mano a aquella joven que sin palabras lo invitaba. Salió tras ella, dejando el libro tirado en el sillón.

Estaban en una montaña y quizás por eso el olor que movía el viento era más respirable; eso, o ya estaban acostumbrados a la peste. El cielo mantenía el color de las nubes que traen lluvia. Delante, no tan lejos, vieron al conductor perderse.

Agarrados de manos, caminaron hasta la cima y al llegar allí, la briza, el salitre y el olor fétido a cadáver les golpeó el rostro. El pelo de la joven se movía cual conjunto de alas. El hombre pensó que era bonita pero ella no le dio tiempo de que hablara. Con cariño deshizo el nudo que eran sus manos y se dejó llevar por el viento como una hoja.

Mientras descendía, sonriente y mirándolo a los ojos, la hermosa joven chocó estrepitosamente con una gran roca cuya joroba a veces se escondía bajo los brazos de las olas. Ahí quedó tendida y hasta que una corriente turbia no batió aquel cuerpo inmóvil, el hombre no dejó de admirarla.

El individuo entonces miró a su alrededor y deseó regresar al autobús a buscar el libro.

***

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