Roncagliolo y los bares de putas por J. Beltrán

Después de leer Óscar y Las Mujeres pensé que en definitiva si quería entrevistar a Santiago Roncagliolo. Sin negar, claro, que tras de sí traía el tufillo de la supuesta razón por la que se negó a asistir a la feria Internacional del Libro, Santo Domingo 2015:

“Sí me invitaron. Pero no voy a ferias del libro de países donde censuran libros”.

 

A pesar del bochinche, admito que la razón más fuerte para e entrevistar a Santiago fue el puticlub de la Ortega y Gasset. La instalación del local parece amenazar con caérsele encima a un plató con novatos. La sensación de desprendimiento se acentúa al llegar al parqueo de la Ortega y Gasset. Un tipo de vocación rechoncha, sonrisa demasiado expandida y chabacanería aprendida, da la bienvenida. La primera vez que fui no me percaté de la semejanza. La segunda vez fue distinto, ese parqueador o roñoso ujier debía ser Óscar. Había en él un desatino y manos tan gruesas como sólo el personaje de Roncagliolo.

Al otro lado de la calle se encuentra la Plaza De La Salud. A poca distancia Cristo Rey, un par de puñales y toda la violencia que los tres televisores simultáneamente proyectan dentro del puticlub, luego de que una camarera, como hija de Kabuabata, vuelve a dar la bienvenida.

En el interior, sillas, mesas, sofás y música a escalas que fluctúan entre Pedro Fernández, Ricardo Arjona, Luis Vargas, Prince Royce y La Organización Secreta:


 

J. Beltrán.
En cierta entrevista dijo usted que no prefería aquellas narraciones en las que se da más importancia a los experimentos de forma que a contar una historia. En esa misma línea ¿Qué le parecen las discusiones que desde hace un par de décadas existen en torno a las rupturas y experimentaciones del lenguaje en las creaciones narrativas?

Santiago Roncagliolo.
Cuando yo era niño, vivía en una ciudad cercada por la violencia. Había bombas y secuestros, toques de queda y apagones. En esas circunstancias, uno salía poco a la calle. Era más seguro quedarse en casa. Y en casa solo había libros y televisión. Así que me pasaba la tarde leyendo sofisticados experimentos lingüísticos como las historias de Cabrera Infante o Julio Cortázar, y viendo sit coms o series de suspenso como Alfred Hitchcock presenta. Hoy trato de reunir lo que me gusta de ambas en mis historias. Siempre hay algún tipo de juego con la forma, la perspectiva o los niveles de realidad. Pero también quiero la efectividad de las viejas historias de terror: que no puedas dejar de leer.

En la mesa aparece como conjurada una camarera desnuda que te ofrece, como si fuera la llave, una cerveza. Otras se acercan como puertas a brindarte bailes, haciéndote sentir el Roncagliolo de un puticlub de Barcelona, el mismo que se hizo personaje putero en Memorias De Una Dama. Y en un puticlub de Miami, Óscar confiesa a su productor de telenovelas, como un viejo ante una de las belladurmientes, que se le fue la mujer:

JB.
¿Considera que novelas como Óscar y Las Mujeres o Pudor quiebran de alguna manera formas convencionales del uso de la lengua en la narrativa actual?

SR.
En esa novela quería jugar con las realidades paralelas del mundo exterior y lo que ocurre en el interior de la cabeza de Óscar. Las historias nos enseñan a ver el mundo: creemos que los buenos deben ganar y los malos deben perder porque hemos leído o visto miles de cuentos en que eso ocurre. Óscar, que es guionista de telenovelas, quiere que las mujeres de carne y hueso sean como las de sus ficciones. 

En una de las tres pantallas hay una porno lésbica. Dos mujeres se penetran con la mano o cualquier artilugio, como deseaba hacerlo la niña de Pudor con su amiga la popular. Las vivencias de las dos mujeres simulan las salvajadas que soñaba la madre que recibía anónimos impúdicos en la novela. Pero así como la madre se engañaba o Chacaltana en Abril Rojo descubrió la falsedad de sus investigaciones, en la película una de las dos mujeres no es joven, un plano detalle deja ver las arrugas de su brazo izquierdo. Tantas arrugas en medio de la carne tersa de la cirugía. Una camarera se me acerca para bailarme, me dice: Papi motívame.

 

JB.
En ciertas entrevistas usted ha dicho que el humor le interesa bastante. Es evidente en varias de sus novelas, la burla, los entuertos. ¿Cómo considera que ha sido la relación de Latinoamérica con el humor en la literatura? 

SR.
Bastante mala. A los intelectuales hispanos, incluso latinos, siempre les ha dado vergüenza el humor. Y sin embargo, el humor es una señal de inteligencia y de pensamiento individual. Por eso me gusta reivindicar a autores que a veces se dejan de lado cuando se habla de los grandes, como Puig, Bryce o Ibargüengoitia. Creo que el humor y el terror son nuestras emociones más primitivas. Por eso, son dos ingredientes esenciales de mis novelas.

Suena Desnuda de Arjona. Paloma, una de las camareras, me pregunta si puede sentarse junto a mí. Se aburre. Le pregunto si no bailará como lo han hecho las demás. Dice que no, toma mi mano izquierda para que palpe sus muslos, ahora cubiertos con un pantaloncito: Después de ella era mi turno, pero un vecino de por dónde vino entró y por donde vivo creen que solo soy mesera. Tú sabe, no quiero habladera en el barrio.

JB.
En varias de sus novelas se repiten esquemas en las formas de contar distintos hechos. Sus personajes por lo regular rozan lo caricaturesco, crean efectos chocantes en los lectores. ¿No le preocupa que estos elementos recurrentes puedan percibirse como fórmula en vez de rasgos distintivos de su estilo?

SR.
Vengo de la cultura popular: thriller, comedia, periodismo. Y uso todo eso para contar historias a mi manera. Ese es el rasgo distintivo de mi estilo.

En el salón hay un grupo de jugadores de softball. Por los altavoces el DJ da la bienvenida a un par de caballeros. Roncagliolo, aunque Óscar trabaje en la puerta, seguro nunca visitó este lugar en los días que investigaba para Memorias De Una Dama. Pienso que me gustaría presentarle a Shantal, la mesera que saluda a los clientes llevándoles las manos a los lentes en vez de los senos o las nalgas. A veces con el saludo hace la aclaración de que es casi ciega. Pero obvio, si Santiago no visita sitios donde censuren libros, tampoco verá a Shantal, así como la señora Minetti no vio su herencia o como las librerías dominicanas no vieron esa novela, por intermediación de la familia de empresarios que se sintió aludida.

JB.
En Memorias De Una Dama hay escenas de humor político que causaron reacciones poco positivas en República Dominicana. ¿Qué conclusiones podría decir que obtuvo a partir de Memorias De Una Dama y lo sucedido con ella en Santo domingo?

SR.
Me temo que nunca hablo de ese libro. Ni hablaré de él. Todo el mundo puede hablar de ese libro menos yo. Eso debería producir conclusiones en Santo Domingo. Pero es más fácil atacar a alguien que no se defiende.

 

¿Cuántas cervezas van? La mesera sabe que no consumiré mucho más. Hay menos gente en el local. En una de las pantallas entrevistan a un merenguero de los ochenta. El DJ avisa que la bella y hermosa Barbie está disponible para shows privados. De fondo suena una canción de Camila con Romeo:

 

JB.
Hagamos una pregunta típica de programa farandulero, en memoria de Óscar. En el punto que se encuentra ahora su carrera de escritor ¿Han cambiado las razones por las que empezó a escribir? 

SR.
No. Nunca. Escribo por necesidad, porque la realidad es mediocre y se me ocurren mundos más intensos, más emocionantes, más vivos… O eso creo.

Las mujeres del puticlub no pueden besar a los clientes ni desnudarles en público. En el show privado solo se baila y a lo sumo pueden hacer sexo oral. El DJ, que pone la música como si estuviera en la montaña rusa de lo aleatorio, posiblemente no variará su repertorio durante los próximos meses. El plan no es llevarse ninguna de las bellas durmientes a la cama, ni siquiera se trata de salir del salón. Así como Óscar nunca sale del parqueo o como una de las meseras que nunca baila ni se desnuda:

 

JB.
¿Qué cambios percibe en lo que escribe ahora y proyecta escribir?

SR.
No hay plan. Esto no es el presupuesto de un municipio. Escribo en cada momento lo que retrata mis emociones de ese momento. Trato de ser honesto conmigo, que es la única forma de serlo con los lectores. 

A la salida una de las meseras me da un beso en la mejilla. El DJ me invita a regresar y da la bienvenida a otros caballeros y una dama que acaban de llegar. Fuera se despide Óscar. Me da por pensar que si Nan Chevalier, el escritor que siempre habla de ir a un bar llamado El Chupacabras, trajera a Roncagliolo al país, tendría sí o sí que cerrar la noche en La Ortega y Gasset. Le conté a Santiago que Nan en una de sus novelas se auxilia del fiscal Chacaltana para resolver un caso:

SR.
¡Qué bonito! Es el mejor homenaje que se puede hacer a un personaje. Dígale a ese autor que el fiscal Chacaltana le envía sus más sentidos agradecimientos.


 

 

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En febrero Santiago Roncagliolo publicará la novela La Noche De Los Alfileres.

Vive en Barcelona desde hace varios años. Nació en Perú y está considerado como uno de los autores hispanoamericanos más importantes. Ganó el premio Alfaguara de novela con Abril Rojo. Ha hecho experimentos como la novela por entregas Óscar y Las Mujeres. Ha escrito novelas infantiles, guiones para telenovelas, teatro y cine.

Su libro Memorias De Una Dama causó polémicas en Santo Domingo en 2010. Se supone que alude a momentos históricos de la familia Barleta.

Algunos de sus libros son: Pudor, El Amante Uruguayo, Óscar y Las Mujeres, Abril Rojo, Matías y Los Imposibles, La Cuarta Espada, Memorias De Una Dama, Fiscal Félix Chacaltana 02 La Pena Máxima.

 

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