Leer como quien respira (II) por Ana María Shua

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Uno

 

La vida es un viaje hacia un mal destino. Para olvidarnos, leemos, es decir, viajamos. Leyendo nos olvidamos de la meta final y nos internamos en infinitos viajes paralelos. El gran viaje que la literatura nos propone es una transmigración de almas, la posibilidad de convertirnos por un rato en la persona que fue capaz de organizar ese pequeño cosmos con trozos de su propio y personal caos, la posibilidad de ver el mundo y la realidad a través de sus ojos, de compartir su fantasía entrelazada con la nuestra.

Si bien es cierto que pocas cosas pesan tanto como los libros, la lecturas son menos que ingrávidas, son helio puro. Un gas más liviano que el aire nos eleva por encima del mundo para darnos una mirada más general y más detallada, más abarcadora y más precisa.

Las personas que afirman que un libro les ha cambiado la vida no son lectoras de ficción. Pueden ser personas excelentes, de grandes valores morales, personas que están en la búsqueda de una mayor espiritualidad, de un gran cambio político… pero no son gente que ame la literatura. Era chica cuando alguien, un adulto, creo, me dijo que una niña tan lectora como yo DEBÍA leer Demián, de Herman Hess. Sobre todo, debía “haberlo leído”. El placer de “haber leído”, que no es poco, es bastante diferente al placer de leer. Demián, me explicó, no era un libro como los demás, sino un libro que me iba a cambiar la vida: después de haberlo leído, yo no iba a ser la misma persona. Por supuesto, conseguí y devoré un ejemplar de Demián (que me pareció un poco aburrido) sin que se produjera, en lo inmediato, ningún cambio apreciable, ni siquiera cuando llegué a la última página. Sin embargo, estaba dispuesta a dar un poco más de tiempo. Pensé que el cambio se operaría, probablemente, mientras dormía. Me acosté con la emoción de una noche de Reyes. Apenas me desperté a la mañana siguiente abrí los ojos esperando el gran cambio… Bueno, tuve que acostumbrarme a la idea de que otra vez un adulto me había engañado, porque yo seguía siendo la misma de siempre. Muchos años después entendí que lo cambia, define y enriquece la vida, no es un libro, es la lectura.

El memorioso Funes, un personaje de Borges, era capaz de recordar cada una de las hojas de cada uno de los árboles que había visto en su vida. Yo no puedo recordar ninguna de las hojas de ninguno de los libros que he leído. Y sin embargo, de esas hojas estoy hecha.

No es cierto que el tiempo permita decantar la hojarasca y quedarnos en nuestro recuerdo con lo mejor, con lo sublime, con lo esencial. La memoria es loca, es arbitraria y feroz, borra y elige a su gusto y placer. Vaya a saber qué guardamos exactamente en esa mochila misteriosa. De algunos libros, el argumento, de otros una escena, o el ritmo de la frase, o una frase en particular, a veces no nos queda nada más que una vaga sensación, el recuerdo de una brisa que nos acarició la cara al pasar. A veces son palabras sueltas, o pequeños detalles. Sé que la estocada secreta del duque de Nevers clava la espada en el centro de la frente del adversario. Recuerdo que en mi traducción de Hombrecitos se calculaba la cantidad de castañas en hectolitros. Sé que Yolanda de Ventimiglia y Van Gould, la hija del Corsario Negro, mataba a un misterioso lamantino para alimentar al herido capitán Morgan. Los indios del Amazonas luchaban con macanas, y no se refería a que fueran mentirosos. A mi caballo preferido, Azabache, lo obligaban a usar engallador, porque estaba de moda aunque hiciera sufrir a los pobres animales. Ah, qué fascinantes las palabras que no se encuentran en el diccionario… Fragmentos, escenas, frases, palabras, ritmos, que se siguen sumando, porque leo y sigo leyendo, cada vez más por placer puro, cada vez menos por el placer de haber leído. Ya no tengo tiempo de terminar un libro que no me interesa.

¿Antes se leía más? ¿Quién leía más? ¿Cuántos leían más?

Es fácil idealizar el pasado. Basta con olvidar un par de cosas, acudir a la memoria selectiva. Nací a mediados del siglo pasado. La sociedad en la que crecíamos no era maravillosa. Era muy hipócrita. La menor transgresión a la moda era un escándalo. La lectura, como todo lo demás, era una actividad reglamentada y cercada de prohibiciones. A cierta edad no se debían leer ciertos libros. Bajo ciertos gobiernos no se debían leer otros. Era dañino leer con luz artificial. Para leer, había que prestar atención a la buena postura. Las “novelitas” eran un pasatiempo mal visto en comparación con los sagrados libros de estudio. Hoy, en cambio, la lectura se percibe como amenazada y así, se ha vuelto una actividad prestigiosa y deseable en cualquier circunstancia, promovida por las convenciones sociales, es decir, infinitamente menos deseable para los jóvenes que cuando se la sancionaba. Por supuesto, siempre hubo lecturas obligatorias y abominables, pero para escapar de esos libros lo que hacíamos era leer otros: los mejores, los mágicos, los que nos pasábamos unos a otros como una contraseña, los libros prohibidos.

Los chicos de los años cincuenta nos lanzábamos como pajaritos hambrientos sobre cualquier migaja de información sobre el sexo, un tema que seguía siendo poderosamente prohibido. Reuníamos, entonces, fragmentos de información imprecisos, confusos y tratábamos de armar un rompecabezas que por lo general terminaba formando una figura monstruosa, más o menos parecida a la verdad, que nuestra lógica infantil rechazaba.

La literatura nos ayudaba de muchas maneras. Por ejemplo, una de mis compañeras de la escuela primaria había descubierto en la biblioteca de sus padres un libro del que muchos adultos hablaban entonces con escándalo. Se llamaba Setenta veces siete y su autor era un tal Dalmiro Sáenz. Nuestra amiga leía todos los días alguna “parte”, dejaba otra vez el libro en su lugar en el estante más alto, para que sus padres no se enteraran de lo que estaba haciendo, y se reservaba para el recreo largo. Entonces, durante diez intensos minutos, nos reuníamos en el baño de mujeres y Liliana nos contaba las “partes” que había leído.

También nuestra biblioteca tenía estantes altos. Muy arriba de las memorias de Churchill, a varios estantes de distancia de El cerco se cierra, encontré tres libros prodigiosos. Dos eran obvios: Miserias y grandezas de la vida sexual y La sexualidad femenina. Miserias… era un libro en el que un médico recopilaba (o inventaba) cartas de sus pacientes consultando dudas sexuales: me otorgó muchos momentos de horror y fascinación. En La sexualidad femenina descubrí que las mujeres no tienen por qué ser frígidas si realmente se proponen no serlo y que, para no quedar embarazadas, no existe nada tan práctico, sencillo y efectivo como un pesario. Nunca hasta ahora conseguí saber qué es exactamente un pesario, y hoy prefiero no resolver ese misterio de infancia.

El tercer libro podría haberme desorientado si no fuera porque estaba en el mismo estante que los otros dos, y porque su tapa celeste mostraba a una dama y un caballero dándose un beso apasionado. Era el Decamerón, de Bocaccio y ahora sé que no era el libro completo sino una selección de sus cuentos eróticos. Yo comenzaba ya a dar mis primeras muestras de esnobismo intelectual y quizás hubiera intentado recordar el nombre del autor si hubiera sabido que se trataba de literatura clásica. Pero para mí no era más que otro libro prohibido, esta vez intonso, es decir, sin cortar. En la mayor parte de los libros las páginas venían pegadas y se abrían todavía con cortapapeles. Eso hice yo con un cuchillo de cocina y mucha curiosidad.

No me decepcioné. Todos los cuentos de la selección me parecieron interesantísimos, por su forma de bordear el Gran Misterio. Pero hubo uno, Alibech y el ermitaño, que me atrajo mucho más que los demás, porque no bordeaba el misterio sino que se adentraba en él sin ninguna vergüenza, con una procacidad que me indignó. Estuve a punto de tirar el libro al incinerador, asombrada de que mis padres pudieran mantener en su biblioteca profesional, colmada de ortodoncias y cría de conejos, un texto tan repugnante y escandaloso, que no me cansaba de leer una y otra vez y, por supuesto, compartir con mis amigas.

En el año 76, cuando empezó la última y más sangrienta dictadura militar, mucha gente, para protegerse, quemaba sus propias bibliotecas, o al menos los libros que suponía peligrosos. Mi marido y yo revisamos los estantes con desaliento y decidimos empezar por un libro de Vo Nguyen Giap sobre la guerra de Vietnam. En las novelas, los personajes arrojan los libros de los que quieren deshacerse a la chimenea y en un instante son devorados por las llamas. Nuestro departamento de tres ambientes no tenía chimenea y ya no existían los incineradores. Pusimos el libro abierto en la pileta de la cocina y acercamos inútilmente un fósforo al borde de las páginas. Como un árbol vivo, lleno de savia, el libro se resistía a encenderse. Se quemaba parte de una hoja y el fuego se apagaba. Finalmente prendió, echando un humo espeso. Tosíamos. Volaban residuos carbonizados. El lomo nunca alcanzó a quemarse bien del todo. El esfuerzo nos hizo reflexionar. No valía la pena quemar libros. Si entraban a buscarnos, no necesitaban grandes excusas, tener una biblioteca era ya lo bastante sospechoso. Se trataba de quemarlos todos o ninguno. Así sobrevivieron muchos libros supuestamente peligrosos, entre ellos mi Manifiesto comunista, que tanto trabajo me había dado conseguir durante la dictadura anterior, y otros que había comprado en Cuba en 1974, adonde viajé con mi familia para una exposición de la industria argentina en La Habana.

Me fui del país en el 76, pero nunca fui militante política y mi estadía en el exterior duró poco. Al volver, en 1977, encontré las librerías muy cambiadas. La literatura argentina había perdido los canales de comunicación con sus lectores, que nunca volvieron a restablecerse. Sospechosa, acorralada, se había refugiado en el estante del fondo. El best-seller internacional acaparaba las mesas de novedades, anticipando una tendencia que iba a definir el mercado editorial en los años siguientes. Como en el resto de nuestra Argentina, el neoliberalismo completó lo que había iniciado la dictadura. Sin embargo, hoy vivimos un nuevo renacimiento editorial en que decenas de pequeñas editoriales están publicando a nuestros autores jóvenes, tantos y tan buenos como nunca antes.  

Los lectores de buena literatura seguimos leyendo. Las prohibiciones poco pueden contra nosotros. Ahora sabemos que Bradbury estaba equivocado: el marketing destruye más que el fuego. Pero nosotros somos inmunes, incluso, a las listas de best-sellers: también allí sabemos descubrir, sin confundirnos, los libros que nos interesan. Nos reconocemos, nos gustamos. Intercambiamos señas. Nos prestamos libros que juramos jamás prestar. Intentamos seducir jóvenes para incorporarlos a nuestra secta. Como cualquier adicto, tenemos necesidad de hablar sobre nuestra adicción y compartirla. El que lee no escucha, no ve, no está, no le importa. Se incorpora al torrente de las letras, se deja llevar sin hundirse, feliz de participar en la corriente del más humano de los ríos, ese conjunto limitado de signos capaz de contener todos los universos posibles: el infinito, incorpóreo acontecer de la palabra escrita.     

 

 

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