Leer como quien respira (I) por Ana María Shua

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Leer como quien respira.  Así lee un escritor. Así lee todo buen lector.  El que respira no reflexiona sobre la entrada y salida del aire de sus pulmones, no calcula cuántos segundos le lleva inspirar y cuántos expirar, no percibe cómo su sangre se oxigena, solo respira y de esa respiración está hecha su vida.

A veces, sólo a veces, se hace necesario hacer cociente la respiración: inspirar profundo, jadear, utilizar la respiración a la manera de los yogas. Tengo el recuerdo del momento en que me enseñaron, en la escuela primaria, las reglas de versificación.  “Esto es mentira” les aseguré a mis compañeras, con la autoridad de ser la poetisa del aula: “Miren si cuando a un poeta le viene la inspiración se va a poner a contar las sílabas”. Y me fui corriendo a contar las sílabas de mis versitos. Con enormísima sorpresa que no olvido, descubrí por primera vez que yo escribía en general en octosílabos, con algunos endecasílabos. Todavía no lo sabía, pero había descubierto algo importantísimo: la tradición nos empapa, nos atraviesa, y el que no conoce la tradición está condenado a repetirla.

Pero para ser consciente de la tradición no hace falta contar las sílabas de los versos. Basta con ser capaz de disfrutar la música de la palabra. Y eso sucede con mucha más eficacia a través de la lectura por placer que de la disección de un texto. Porque una obra de arte no está compuesta por la suma de sus partes. Es un todo mágica que, en realidad, ninguna disección es capaz de explicar, así como la disección de un animal puede servir para mostrarnos sus órganos internos pero nunca para explicar la vida. La vida sigue siendo un misterio y en busca de ese misterio leemos literatura, para sumergirnos en él, para gozarlo y si es posible, imitarlo a nuestro modo.

A los seis años alguien me puso en las manos un libro con un caballo en la tapa. Esa misma noche yo fui ese caballo. Al día siguiente ninguna otra cosa me interesaba. Quería mi pienso, preferiblemente con avena y un establo con heno limpio y seco. Nunca antes había escuchado las palabras pienso, avena, heno, pero sabía que como caballo necesitaba entenderlas. Durante una semana pude haber sido Black Beauty pero fui Azabache, en una traducción inteligente y libre. Fui caballo de tiro y caballo de alquiler, recibí latigazos, estuve a punto de morir, fui rescatado… y llegué a la última página. Entonces, con terrible dolor, volví a mi cuerpo y levanté la cabeza: el resto del mundo todavía estaba allí. Deja eso que te va a hacer mal, decía mi madre. No se lee en la mesa, decía mi padre. Entonces descubrí que podía volver a empezar. Y otra vez fui Azabache y otra vez y otra vez.

Después descubrí que podía ser un pirata y muchos, y la ciudad de Maracaibo y ser hombre, manatí, horror o piedra. Lo que acababa de empezar en mi vida no era un hábito: era una adicción, una pasión, una locura. Había descubierto un recurso que me permitía desprenderme de mi propio cuerpo, dejarlo allí, abandonado, con un libro en la mano y viajar en el tiempo, en el mundo, en el espacio, ser al mismo tiempo un caballo y el que escribió a ese caballo, ver a través de sus ojos y sus oídos, compartir la mente de esas personas que desplegaban ante mí el mundo, el mundo verdadero, el único con sentido humano: el mundo de la palabra.

El hábito de la lectura no existe. Nadie que pretenda convertir a la lectura en un hábito puede transmitir ese placer loco, ese vicio profundamente asocial. Mientras leemos, estamos ausentes. La lectura no se comparte, no es posible convertirla en una actividad conjunta y socializada, es una relación privada y secreta, de amor, de deseo, de penetración y de muerte. Los hombres vivimos como si fueramos inmortales. La literatura nos recuerda que ninguna historia humana termina bien. Y al mismo tiempo, nos sirve para sumergirmos una vez más en la ilusion de la eternidad.

Al principio me enamoré de los personajes. Fui Azabache y también lo amé. Me enamoré del capitán Morgan y tardé muchos años en descubrir que existía Salgari. Sufrí con el Conde de Montecristo: él amaba a Mercedes. Yo no lo hubiera traicionado. Mucho después creí amar a los escritores. Mucho después supe que estaba enamorada de las palabras. Supe que había entrado en un mundo donde todo, las montañas, los pasteles, los narradores y las penas, todo estaba hecho de palabras.  

El que lee está profundamente solo. Ani ¿otra vez con un libro? ¿Por qué no vas a jugar con los otros chicos? El que lee no es fácil de manipular. Mientras lee no puede recibir mensajes publicitarios, es inmune a los discursos políticos, no forma parte de su familia ni de ninguna otra, no oye, no ve, no participa. Lee, abstraído y feroz. Es un ser asocial, un mal consumidor. Es, a lo sumo, un consumidor de libros. Necesita poco. La industria editorial exige hoy más consumidores de libros que buenos lectores. Se vuelcan al mercado libros para hojear, para usar y tirar, libros para jugar, para mirar, para tener. Pero no debería ser tranquilizador. En una casa donde empiezan a entrar los libros, cualquier tipo de libro, se están plantando las semillas del mal. La lectura conduce a más lectura. Las masas de gente que consumen hoy libros de autoayuda barata en otros tiempos serían sencillamente analfabetas.   

Mis padres eran profesionales y eran hijos de inmigrantes. Tenían un gran respeto por el libro, por todos los libros. En esa biblioteca había alguna literatura de ficción y muchos libros de agronomía (la carrera de mi padre) y de odontología (la carrera de mi madre). También estaban las memorias de Churchill sobre la Segunda Guerra, que papá leía y releía. Buena parte de los tomos, incluso algunos manuales del colegio secundario, estaban encuadernados y tenían las iniciales de sus dueños.

Desde que empecé a leer, todas las bibliotecas me resultaban fascinantes. La de mi propia casa, por conocida que fuera, siempre me reservaba sorpresas a medida que avanzaba mi destreza en el arte de la lectura y mi interés y curiosidad por los libros que no eran deliberadamente “para niños”. Recuerdo con especial cariño dos libros que no volví a ver: Un árbol crece en Brooklyn, una novela de Betty Smith  y Compulsión, de Meyer Levin, un antecedente de la non-fiction novel, que relataba con rigor periodístico y calidad literaria un notorio caso criminal.

En la contratapa de los libros de la colección Robin Hood aparecía el catálogo completo de la editorial. Yo seguía, entre otras, la serie de Bomba, el niño de la selva. Cierta vez, engripada, marqué todos los que ya había leído para que me compraran uno nuevo. Ver esas crucecitas al lado de los títulos fue el comienzo de la perdición, mi entrada al esnobismo intelectual.  Me olvidé de Bomba y empecé a marcar todos los libros de la colección que tenía o conocía. Me propuse leer todos los que me faltaban. Muy pronto me di cuenta de que no podía seguir leyendo sin prestar atención al nombre de los autores. No tardé mucho en aprender a jactarme de ese conocimiento.

Las bibliotecas de las casas ajenas me fascinaban. En los cumpleaños, mientras las demás chicas jugaban, yo me dedicaba a hurgar entre los libros de la casa, cuando los había. Hasta la hora, claro, del chocolate caliente y las tradicionales galletitas de agua con jamón del diablo, casi lo único que podía competir con mi fruición de lectora.

Fue en la biblioteca de la tía Eugenia y el tío Jaime donde encontré el primer libro para adultos del que realmente disfruté. Estaba encuadernado en rojo. Se llamaba Antología del cuento extraño y ahora sé que fue compilada por Rodolfo Walsh. Los cuentos me parecían terroríficos y hermosos. Tendría unos nueve o diez años cuando empecé a leerlos, muy lentamente, porque dependía de las visitas de mis padres a la casa de los tíos. Finalmente conseguí que me lo prestaran y durante muchas noches no dormí, en parte porque me mantenía despierta la pasión de la lectura y en parte por puro miedo. A los nueve o diez años me hubiera gustado leer mucho más rápido. Ahora me pregunto cómo recuperar la suave pendiente, la progresión prevista y no por eso menos terrible, de esa lectura tan gozosamente lenta.

Confesar lo que se ha leído (que es también confesar lo que no se ha leído, libros innumerables como estrellas) es hacer autobiografía. Tal vez por eso cuando empecé a comprar libros, entrar a una librería y decir un título en voz alta me producía una profunda sensación de vergüenza. Era como desnudarme en público, exhibir ante el librero mis gustos y costumbres más privadas, mi faltas, ignorancias y dudas.

A veces me preguntan cómo elijo lo que leo. Es tan sencillo, en realidad. Los libros se recomiendan unos a otros. La única pregunta que no puedo responder es la que alude a mi libro o a mi autor preferido.

¿Cómo elegir? Y sobre todo, ¿por qué elegir? Siempre me negué a contestar a esa pregunta los periodistas reiteran en forma casi monótona: cuáles son los tres libros que se llevaría a una isla desierta, una variante mediática de la vieja cuestión sobre mis libros o autores preferidos. Por qué elegir, digo, y cómo, entre Jack London y James Joyce, entre Eurípides y Saramago, entre Choderlos de Laclos y el Arcipreste de Hita. Entre el cuento brevísimo y la novela, entre la literatura policial y la poesía. Entre los libros que he leído y los que voy a leer.

 

Dos

2 thoughts on “Leer como quien respira (I) por Ana María Shua

  1. Interesantísimo COmentario sobre el maravilloso habito de leer. concordamos en muchos aspectos con esa maravillosa inclinacion. felicitaciones.

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