La máquina calculadora por E. B. White

Traducción Leonor Ortiz

 

Un editor de Chicago nos ha mandado una máquina calculadora de bolsillo, con la cual nos es posible probar si nuestra escritura es inteligible o no. La calculadora fue desarrollada por la General Motors, quienes, no satisfechos con darle al mundo el Cadillac, ahora sueñan con traernos el perfecto entendimiento a los hombres. La máquina (es simplemente una tarjeta de celuloide con un dial) se llama la Calculadora de Facilidad de Lectura y muestra cuatro grados de ‘‘facilidad lectora’’- Muy Fácil, Fácil, Difícil y Muy Difícil. Cuentas tus palabras y sílabas, ajustas el dial, y un indicador te deja saber si alguna persona podría comprender lo que has escrito. Vino con un folleto de instrucciones, y luego de dominar las simples reglas no perdimos tiempo en probar el folleto mismo, a ver qué tal le iba a ese escritor. ¡El pobre tipo! Su ensayo principal, el de la portada, resultó Muy Difícil.

Nuestro siguiente paso fue estudiar la primera frase al frente de la calculadora: ‘‘Cómo probar la Facilidad Lectora de la materia escrita. ’’ No hay, desde luego, cosa alguna como la facilidad lectora de la materia escrita. Existe la facilidad con la que la materia escrita puede ser leída, pero es esa una condición del lector, no de la materia. Así los inventores y distribuidores de esta calculadora parten con mal pie, con un Muy Difícil folleto y una frase sin cuidado. Están ya enmarañados en el uso de la lengua.

No solo el autor de nuestro folleto de instrucciones obtuvo malos resultados en su portada, sino que dentro de él utilizó la palabra ‘‘individualizar’’ en un ensayo acerca de cómo mejorar la escritura. Un hombre que utilice la palabra ‘‘individualizar’’ tiene derecho a su elección, aunque nos preguntamos si debería estar en la posición de dar sugerencias a escritores. ‘‘Siempre que sea posible’’, escribe, ‘‘individualiza tu expresión dirigiéndola hacia el lector’’. Por nuestra parte, nos complacería tanto Simonizar (2) a nuestras abuelas como individualizar nuestra expresión.

En el mismo paquete de la calculadora, recibimos otra ayuda de entrenamiento para escritores – un librito llamado ‘‘Cómo escribir mejor’’, de Rudolf Flesch. Éste, también, lo estudiamos, y rápidamente nos demostró la fuerza de potro del idioma para arrojar a cualquiera que se monte engreído sobre su lomo. El idioma no solo puede sacudirse a un jinete sino que conoce miles de trucos para tirarlo, cada uno peor que el anterior. Bajo el título ‘‘Piensa Antes de Escribir’’, dijo, ‘‘Lo más importante a considerar es tu propósito. ¿Por qué te estás sentando a escribir?’’ Alguien contestó: ‘’Porque, señor, es más cómodo que estar de pie’’.

La comunicación a través de la palabra escrita es más sutil (y más hermosa) de lo que el Dr. Flesch y la General Motors se imaginan. Se conforman con que el ‘‘lector promedio’’ sea capaz de leer únicamente lo que resulte Fácil, y que el escritor debe escribir en este nivel o por debajo de él. Es esta una idea pretenciosa y degradante. No hay un lector promedio, y rebajarnos para alcanzar este personaje ficticio es negar que cada uno de nosotros está en el camino de subida, está ascendiendo. (‘‘Ascensión’’, a propósito, es una palabra de la que el Dr. Flesch nos aconseja abstenernos. Demasiado inusual.)

Es de nuestro parecer que ningún escritor puede mejorar su trabajo hasta descartar la noción inocente de que el lector es un simplón de mente, pues escribir es un acto de fe, no un truco de gramática. Ascender está en el corazón de la materia. Un país cuyos escritores siguen una máquina escaleras abajo no trascenderá y un escritor que cuestiona la capacidad de la persona al otro lado de la página no es escritor alguno, meramente un maquinador. Ya hace mucho tiempo el cine decidió que una comunicación más amplia puede ser lograda bajando deliberadamente su nivel, y caminó orgullosamente hacia abajo hasta llegar al sótano. Ahora tantea buscando el interruptor de luz, esperando encontrar la salida.

Hemos estudiado las instrucciones del Dr. Flesch diligentemente, pero retomamos la guía en estos asuntos de un americano anterior, quien escribió con más paciencia, más confianza.

‘‘Temo, sobre todo’’, escribió, ‘‘que mi manera de expresarme no sea lo suficientemente extra-vagante, que no pueda proyectarse más allá de los límites angostos de mi experiencia cotidiana, con objeto de convenir con la verdad que me ha convencido… ¿Por qué rebajarnos siempre a nuestra percepción más torpe y alabarla como sentido común? El sentido más común es el de los hombres cuando duermen, y se expresa roncando. ’’(3)

 

¡Pasa eso por tu calculadora!
Puede que salga Difícil, puede que salga Fácil. Pero saldrá íntegro, y durará para siempre.

 

 

 

 


(1) Publicado bajo The calculating machine para The New Yorker (1951).
(2) Simonize, pulir o encerar con el producto Simoniz.
(3) ”Walden o la Vida en los Bosques y el Deber de la Desobediencia Civil”, Henry David Thoureau (1854). Traducción de Carlos Sánchez-Rodrigo para Ediciones del Cotal, México (1983).

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